Prensa

jueves, 22 de mayo de 2014

El sentido de la madera para un futuro prometedor

Homero Zambrano, Luthier y educador popular 




Por Marina Miguel

Cuando escuchaba por televisión los debates sobre una posible vuelta al servicio militar obligatorio, confieso que pensé “un poco es necesario, están zarpados”. En la escuela todos los profesores nos decían a los gritos “son todos hijos del rigor”. Pero algo adentro mío me decía “milicos no”, y con mi pequeña experiencia en la docencia, donde noté cómo cuando ponía cara de enojada mis alumnos cumplían, creí que eso era exactamente lo que sentían mis profesores cuando nos gritaban. Entonces, escuchaba los debates y pensaba “si se les enseñara algún oficio, quizás los motivaría un poco”, pero también me preguntaba qué rol cumplirían las mujeres en un lugar que por sobre todas las cosas es machista. Nada me cerraba.

Al incursionar en el mundo de la docencia, me tocó conocer el pensamiento de una pequeña porción de adolescentes que vienen de barrios de clase media baja. Les pregunté todo lo que pude: ¿qué piensan de la escuela?, ¿qué quieren ser cuando sean grandes?, ¿qué piensan de la droga y de la delincuencia?, ¿cómo creen que haríamos un mundo mejor? Tuve todo tipo de respuestas, algunas no me sorprendieron, otras sí, pero lo que más aprendí es que necesitan afecto y disciplina, pero de esas que se hacen hábitos buenos porque apasionan. Y ellos me enseñaron que aprenden lo que les interesa a través de un modo entretenido, y por sobre todo, que les gusta poder expresarse, y que a ese alguien que está al frente de ellos le importe lo que dicen.





La verdad es que a esta altura del partido quedó demostrado que las armas no sirven para otra cosa que para matar, y a esta sociedad, a nivel mundial, lo que le falta es amor.

Al ser una apasionada por la música, empecé a pensar en lo lindo que sería que a esos chicos y chicas a los que se los acusa de “violentos” se les enseñara más sobre música, desde lo maravilloso que es tocar un instrumento, hasta la pasión musical del que la escucha. Porque para mí la música salva. Ahí es cuando pensé en un “servicio musical obligatorio”, y esa idea estuvo rondando en mi cabeza durante semanas.

Por esas cosas de la vida, un día distinto al de mi rutina, voy a almorzar a Villa la Maternidad con la gente que se mantiene en lucha desde hace diez años para no ser desalojados de sus viviendas y ni excluidos del sistema que quiere esconderlos de la “impecable realidad del rico”. Y como suele suceder con los misterios del destino -para aquellos que creemos en él-, la persona que me invitó me señala a un hombre que transmitía paz con solo mirarlo. “Él es Homero Zambrano y es luthier de Ricardo Mollo y otros músicos más. Viene a la villa a enseñarle su oficio a los niños hace ya dos años”.

Automáticamente, y por mi pasión e intriga por todo lo que tenga que ver con lo musical, comencé a observar su comportamiento y el de su mujer y compañera, Gladys Galván, con la que lleva adelante la tarea de transmitirles a esos niños y niñas el mecanismo para hacer sus propios instrumentos. Vi como lo rodeaban esos pequeños, vestidos con lo poco que tienen, pero llenos de curiosidad y atentos a todo. Estaban poseídos por el sonido de las melodías que salían del “bichito cordobés”, uno de los instrumentos que llevó Homero ese día, que consiste en una guitarra híbrida y chiquita que suena como charango, guitarra y otros instrumentos latinoamericanos a la vez, y me convencí de que allí se comenzaba a producir algo maravilloso, de la mano del amor, con vistas al futuro, sin violencia y sin rigor.

Ese día encontré la respuesta a mi pregunta sobre si no era mejor más arte y cultura, que ametralladoras, borcegos y mamelucos verdes.

Quise conocer un poco más sobre lo que hacen ambos todos los viernes en la Biblioteca Popular Heraldo, y me acerqué a conversar. Le pregunté a Gladys si podía hacerle unas preguntas a Homero, porque todavía él seguía tocando unas canciones para los presentes en el almuerzo, y me dijo que no iba a haber problema, que lo charlara con él. Y así fue que cuando me senté a su lado, pude escuchar cuando me contaba, con su tonada chilena intacta, que era un agradecido de la vida por ser un luthier reconocido por músicos muy famosos, como Ricardo Mollo de Divididos, León Gieco, Rally Barrionuevo, Dúo Coplanacu, entre otros. Eso, por supuesto, me despertó admiración, pero yo quería saber qué lo movilizaba a enseñar algo tan difícil como hacer un instrumento e incluso buscando el mejor método para que cada uno de los ocho, nueve o diez chicos que quieren aprender y tener su instrumento puedan hacerlo, teniendo en cuenta el valor monetario que tienen, y la escasez de recursos de los habitantes del barrio. Y sobre todo, admiré la generosidad con la que Homero y Gladys eligieron enseñar, cuando tranquilamente podrían estar en su casa, cómodos y exaltados con el reconocimiento de los grandes músicos, vendiendo instrumentos, remitiéndose a vivir de eso, disfrutar y nada más. Y sentí que tenía que dar a conocer que lo que sucede en la Villa no solo es pobreza sino que existen mayores grandezas.

Una semana después del almuerzo, acuerdo con ellos ir al taller que realizan todos los viernes por la tarde en la Biblioteca Heraldo. La escena se da en una pequeña casa rodeada de libros, maderas, frascos de vidrios, motos rotas, telas de araña, latas y más madera. Camino hacia el patio y allí estaban los niños, sentados alrededor de una pequeña mesa cuadrada, con Homero en el medio, trabajando en cada uno de los instrumentos para los chicos, que en este caso eran charangos; y Gladys en cada detalle para que no se peleen, no se peguen, escuchen, aprendan, no se corten, ni se quemen. Homero, con mucha paciencia, mojaba la madera, la apoyaba sobre el hierro para doblarla, cortaba las piezas, y de a uno iba dándole forma a los cinco o seis charangos que tenían que hacer ese día. Homero pedía paciencia a los chicos entre charango y charango, y también me la pidió a mí, para que cuando terminara la clase pudiéramos charlar.

Paciencia

Párrafo aparte merece la descripción de la recepción de los chicos. En ellos se producían distintas reacciones. Mientras algunos observaban con atención, uno se encargaba de hacer chistes y distraer al resto, otro se peleaba por agarrar una herramienta primero que todos. Resaltaba entre ellos una de las chicas, porque se encargó de musicalizar la situación: mientras se moldeaban los charangos, ella cantaba canciones a capela, y se comunicaba constantemente al ritmo del rap, desde que empezó hasta que terminó el taller, con un amplio repertorio. Lo hacía muy bien a sus catorce años, y sentí que se gestaba una futura artista musical.
Una vez que terminó la clase en la que se le da un sentido a la madera, cuando ya todos los chicos se habían ido a sus casas, y mientras Gladys y Homero ordenaban el patio de la biblio, entablé una conversación con él, que con su tonada chilena intacta y pausada me contestaba.

Lo primero que le pregunté fue qué lo movilizó a realizar el taller de luthería en la villa. “La inquietud más grande fue que me trajo mi señora, que estudia sociología, y me invitó para conocer. Primero vine con mi instrumento para conocer y cantar con los compañeros y al ver que los chicos presentaban interés, no en ser luthier, sino en querer tocar, 'préstemelo, préstemelo, quiero tocar, quiero tocar' -dice Homero imitando a  los niños-, me motivó el deseo de los chicos por querer tocar un instrumento, y claro, para que una persona pueda tocar un instrumento tiene que tener uno, pero un charango vale $2500, es imposible que ellos puedan tenerlo, ni en el más grande de los sueños, y hasta personas que tienen un buen trabajo les cuesta llegar a tener un instrumento, imagínate a estas personitas que tu viste como son, son unas personitas hermosas pero
 alejadas de tener una vida 'agradable', de unos padres preocupados por ellos, no existe tal cosa. Acá hay grandes necesidades económicas, grandes necesidades afectivas, falta de preocupación por ellos en cuanto a su vestimenta, sus comidas diarias, en cuanto a su salud, sus vacunas, y faltas de todo tipo, personas que están criándose... cómo te podría explicar...muy rudimentariamente. No es solamente pobreza, falta de todo. Entonces claro, uno al ver eso... No te digo que soy una persona de dinero, pero soy una persona muy afortunada, primero de tener una gran compañera, de estar bien acompañado y porque me reconocen grandes músicos, aunque está feo que lo diga yo. En mi vida personal le pongo valor a mis clases, a los instrumentos, pero acá es otra cosa, acá nada tiene precio. Tampoco tiene precio lo que se está haciendo acá. Los valores son diferentes. Hay grandes necesidades que no son cubiertas”.

Durante el diálogo, le pregunto si lo que busca es contribuir, y me responde que no sabe si es una contribución, sino un camino. “Yo veo un gran futuro. Para mí sería como un plan piloto para ver si alcanzo a ver en estos chicos, que hoy tienen poca edad -empieza a temblar su voz-, en un futuro no muy lejano, convertirse en algo muy importante para mí”. Su respuesta lo embargó en lágrimas de emoción, y a mí me salió tenderle un abrazo, porque también me conmovió. Sentí un poco de pudor por remover tanto, y le pedí que no se emocione, a lo que me respondió: “me emociono porque es importante para mí, tiene un gran sentido”. Ambos coincidimos que es la música.

Hablando de sus alumnos, Homero resalta a Martín, el único que se quedó después de clase y presenció el diálogo que mantuve con su profesor. “Martín, por ejemplo, a pesar de que tú lo ves un poquito desordenado, él es un gran chico, yo lo adoro y veo un gran futuro en él. Creo que va a ser una gran persona en la sociedad, puede llegar a ser alguien muy importante. Un gran líder, un gran músico... Imaginate, a lo mejor puede llegar a ser un gran abogado, un intendente, un gobernador, a lo mejor un presidente de la República o un gran profesor. Qué sabemos nosotros. A lo mejor un gran luthier. No lo sabemos. No sabemos qué estamos forjando”. Homero  cree que faltan “grandes forjadores en este país. Menos chorros, menos ladrones, más políticos honestos”, y recuerda cuando escuchó a una persona que decía 'ojalá existan políticos que roben menos', y él se preguntaba “¿por qué tiene que ser menos: por qué no puede ser nada?”. Para Homero, nadie debería robar nada, y las puertas de las casas deberían estar abiertas, y si alguien entra, que no sea para robar, sino para visitar.

A sus 62 años, Homero no es la primera vez que vive una experiencia de este tipo, y me cuenta que desde los 12 años hace instrumentos. “Desde los 12 años que comparto mi profesión, comparto mis propios conocimientos, los comparto”, una palabra que efectivamente se da en su realidad, porque el oficio de un luthier no es algo que se comparta habitualmente. “Otros han crecido mucho más que yo, y eso es un gran honor para mí, incluso han sido mejores luthiers, y me siento orgulloso de eso, y si un alumno puede superarme, es maravilloso”.

¿Usted cree que enseñándole más cultura y música a los chicos podemos crear una sociedad mejor?, le pregunto.
-¡Uy mira! Yo puedo decirte que si el hombre actualmente está lleno de guerra y lleno de cosas con música, imagínate si al ser humano le sacáramos la música, o sea si nunca hubiera escuchado música. ¡Serían monstruos! Ya hay miles de monstruos, con música. Y pienso que si el mundo tuviera más música sería mejor, porque un músico es una persona sensible, es una persona linda de espíritu, una persona que no se ensuciaría sus manos porque se empobrecería su música. Se culturizaría.

Homero quiere ejemplificar su respuesta, agarra un cubo de madera y empieza a explicar: “Mira, esta es una acción -mueve la madera hacia la izquierda-, la primera. Esta es otra -agarra una herramienta y la mueve hacia la derecha-, dos acciones. Tomé dos cosas con mi mano. Otra acción, di un paso; tres acciones. Pero para tocar un instrumento -gestualiza una guitarra con sus manos- tú tienes que poner un dedito aquí, este otro aquí, se cambia para acá, se cambia para allá, tengo que acordarme qué tono viene, tengo que acordarme de la letra, tengo que acordarme de la melodía, tengo que no desafinar, tengo que pensar que me salga la voz... ¡son ciento de cosas! Hasta que eres capaz de cantar una canción y que alguien te pueda escuchar, pasó mucha agua por el río. Lo que te quiero decir es que hay un gran desarrollo detrás de un músico. Y no es eso que se piensa '¿qué hace ese boludo con la guitarra ahí perdiendo el tiempo?'. ¡Ah, pero tomá la guitarra y empezá a aprender! Ahí te das cuenta de que en realidad, la pucha que es complicadíto... no es pan comido!. Todo ese desarrollo te sirve para estudiar matemática, castellano, filosofía, etc. El desarrollo intelectual te sirve para todo.

Un día antes de visitar el taller, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner había creado el Ministerio de Cultura de la Nación, a cargo de Teresa Parodi. A mí me pareció un gran avance, porque va en línea con mi deseo de multiplicación popular de todo lo que tenga que ver con el arte. Por eso le pregunté a Homero qué opinaba sobre la iniciativa, y me dijo: “Me encantaría que no sea más de lo mismo, porque si tenemos un Ministerio de Cultura, significaría que en todo el país habría dinero para invertir en cultura. Capaz que en este mismo proyecto que nosotros estamos haciendo aquí pudiera haber más plata para comprar materiales para que los chicos tengan instrumentos. Capaz que con un Ministerio de Cultura no tengamos que poner plata en madera, invertir en tiempo, ocupar mi taller personal, sin que nadie nos retribuya nada, porque a nosotros nadie nos retribuye nada, y lo hacemos porque tenemos una conciencia”.

Tocando el tema de los costos, las inversiones que realizan y demás, me acuerdo de preguntarle por los “padrinos” que buscan para que ayuden a los chicos a tener su instrumento. Cada alumno del taller necesita un padrino o una madrina. Esto consiste en que hay que ayudarlos en muchos aspectos, no sólo en lo económico, sino sostenerlo, contenerlo y motivarlo para que continúe yendo y termine su instrumento, y por supuesto, colaborar con lo que se pueda para comprar materiales, desde un barniz, tornillos o cuerdas, hasta yerba y criollitos para tomar mates durante la clase.

Cuando salí de la biblioteca sentí que encontré una respuesta. Sentí satisfacción porque hay veces que pareciera que todo se alinea naturalmente para que entendamos algo que nos quiere decir la vida. No son uniformes verdes lo que se necesitan. Es educación, motivación, concentración, inclusión, en fin... sensibilidad y amor. También reflexioné sobre la paciencia, porque en Homero y Gladys vi mucha paciencia, y comprendí que para cambios radicales, en una sociedad tan falta de amor -en ricos y en pobres- son los que trabajan como hormiguitas los que lo generarán. Y no son solo políticos que no roben nada los que se necesitan, sino más Homeros.


PADRINOS MUSICALES

Si querés ser padrino o madrina musical de alguno de los chicos del taller de Homero Zambrano, podés acercarte a la Biblioteca Popular Heraldo, ubicada en la Villa la Maternidad de la ciudad de Córdoba, todos los viernes de 18 a 20hs.

También podés comunicarte a través de Facebook y conocer los talleres de luthería que se brindan en el taller personal de Homero.

La dirección es: https://www.facebook.com/zambranoluthier


Nota publicada en la Revista El Avión Negro de mayo del 2014